Afuera
Vivir en el borde, vivir el borde, vivir al borde
Corro cuesta arriba hasta que el dolor en mis rodillas me detiene. Hago una pausa para jalar aire hasta que la palidez consigue abandonar mi piel. Hoy lo evito, es verdad, pero fumé durante dos tercios de mi vida. El cuerpo, al final, no es de hule y resiente los golpes. Las células se regeneran hasta cierto límite. Más allá está la muerte. Empezar a morir. A esta etapa de mi vida la llamo “empezar a morir”.
Es cierto que algo hay de huidizo en mi carácter. Es verdad que escapo, o que lo intento. Que me siento más yo en las orillas, que menos gente me mira y puedo entonces respirar y ser libre y jugar y estrellarme. En el centro de la perfección late, como un órgano arrítmico, un agujero negro. Es mejor afuera. De eso se trataba fumar, pienso. Tener un instante para salir, para recomponer el aliento y mirar hacia otro lado pensando que allí no hace falta romper el continuum de los días para evitar enloquecer.
Vivo jugando en los bordes, pero tirando siempre al centro. Siempre en conversación con el agujero negro, siempre arrojándole significados para que me los devuelva vacíos. Los envases de las ideas tienden a descomponerse antes que su contenido. Lo sé porque he guardado cosas en cajas que ya no existen. Pero en el centro la lógica es otra. Todo sirve para algo. Y cuando todo sirve, nada es realmente necesario. Las cosas no terminan de significar. Las máquinas que controlan la respiración del centro me arrojan de regreso significantes huecos. Así me mantengo al tanto del presente y así toco el piso y así también lo vuelvo a soltar.
Me da miedo que se me haga hábito, pero ya me acostumbré a temer. Vivo en las faldas de un cerro. Vivir en el borde, vivir el borde, vivir al borde. Al borde de qué. Geográficamente estoy en una orilla de algo, y desde aquí veo casi todo. Estar al margen permite acceder al paisaje con mayor inmersión. Desde esta frontera entre una cosa y la otra se escuchan antes y mejor los vaticinios de las montañas. La respiración se reconcilia con los gritos que embarra el aire por todas las paredes como un grafitti convulso. Un paisaje que podría pintarse a sí mismo. A mí solamente me queda interpretar.

